Parashat Vayeshev
“Y tomaron la túnica talar y mataron un macho cabrío y con su sangre mojaron la túnica. Luego enviaron la túnica ensangrentada a su padre, diciendo: ‘Esto hallamos. Te rogamos la reconozcas si es o no de tu hijo’” (Bereshit 37:31, 32). “Y agregó: ‘te ruego reconozcas de quién son el sello, los cordeles y este cayado’. Y los reconoció Yehudá diciendo: ‘es más justa que yo porque no le di a Shela mi hijo’” (Bereshit 38:25, 26).
Yehudá intervino en la venta de su hermano Yosef; si bien él evitó su muerte, fue cómplice de su venta y del engaño a su padre Yaakov. Imagínense a Yaakov en el momento que le hacen creer que su hijo Yosef ha muerto. No hay palabras para describir la crueldad de sus hijos, el cinismo de decir: “Te rogamos la reconozcas si es o no de tu hijo”.
La Torá nos dice que a consecuencia de esto, Yehudá, avergonzado, se separó de sus hermanos y se fue a vivir a otro lado.
Según Rashí, los hermanos le recriminaron, luego de ver el sufrimiento de Yaakov, que era su culpa la venta de Yosef ya que si él les hubiera dicho que no le hiciesen nada, lo hubieran obedecido, pero Yehudá aconsejó venderlo.
Allí Yehudá se casa y tiene tres hijos. Al mayor lo casa con Tamar, pero a raíz de su comportamiento inmoral D-os lo castiga con la muerte. Entrega a Tamar a su segundo hijo el cual va por el mismo camino y también muere. Al crecer Shela, su tercer hijo, no se lo da a Tamar. Ella sabía la importancia de tener descendencia de la familia de Yehudá, por lo tanto se cubre su rostro, se hace pasar por una mujerzuela y seduce a Yehudá en el camino. Él va con ella y al no tener con qué pagarle en ese momento, le entrega su sello, los cordeles y el cayado. Al rato manda su amigo con un macho cabrío como pago pero ya no la encuentra. A los tres meses, se corre la voz que Tamar está embarazada y Yehudá, sin saber de quién, le decreta la pena de muerte. En ese momento Tamar le manda a Yehudá sus objetos personales y le dice: ‘te ruego reconozcas de quién son el sello, los cordeles y este cayado’. Yehudá reconoce su falta y absuelve a Tamar. Tamar pare mellizos y de uno de ellos, muchos años después, descenderá el Rey David.
¿Qué tienen de similar estos dos sucesos y qué nos quiere enseñar la Torá?
Un día, un sastre llamado Rab Zalman vino a pedir prestado dinero. El Rashash, que manejaba un fondo de préstamo para pobres, le otorgó un préstamo de trescientos rublos que debería devolver en un año y registró la transacción en el libro de préstamos.
Un año más tarde, según había convenido, Rab Zalman fue a la casa del Rashash para devolver el dinero. Al ver que el gran Rabino estaba profundamente inmerso en el estudio de la Torá, no quiso molestarle.
Entró en la habitación en silencio, se disculpó por la interrupción, colocó los trescientos rublos sobre el escritorio del Rab y se marchó.
Rab Shmuel metió el dinero en el tomo que estaba estudiando y siguió leyendo. Para cuando terminó, se había olvidado por completo del dinero y devolvió el tomo de la Torá que había estado estudiando, con el dinero adentro, a su estante.
Una semana después, Rab Shmuel revisó su libro de préstamos y vio que el préstamo al Rab Zalman todavía estaba impago. Mandó a llamar al Rab Zalman quien afirmó que había devuelto el préstamo justo el día convenido. Pero no había testigos y el Rab Shmuel no recordaba en absoluto el asunto. Acordaron ir a la corte Rabínica para una solución. Dado que se establecía que era la palabra de un hombre contra la del otro, Rab Zalman tendría que jurar que había pagado el préstamo y entonces sería absuelto de la deuda.
El Rashash, sin embargo estaba preocupado por la posibilidad de inducir a otro judío a jurar en falso, por lo que retiró el cargo. El caso se cerró. Mientras tanto se corrió la voz de que un simple sastre tuvo la osadía de poner en tela de juicio la palabra del santo erudito, ¡Rab Shmuel! La gente dejó de hacer negocios con el sastre. Se burlaban y lo degradaban y finalmente tuvo que llevarse a su familia y abandonar la ciudad, arruinado. Pasó un año y el Rashash se encontraba nuevamente estudiando el mismo tomo. Imaginen la sorpresa cuando lo abrió y encontró una gran suma de dinero. ¡Sólo tardó unos instantes en darse cuenta que este era el dinero que el sastre afirmaba haber devuelto! I nmediatamente el Rashash buscó a Rab Zalman. Encontró al sastre viviendo en condiciones deplorables en una zona despoblada. El Rashash le suplicó que lo perdonara. Se ofreció a ir a todas las sinagogas para anunciar que había cometido un error terrible y que el sastre era digno del mayor respeto.
Sin embargo Rab Zalman dijo que era demasiado tarde. La gente no creería en su inocencia. Sólo dirían que el Rashash lo estaba haciendo por compasión, puesto que era una persona virtuosa.
El Rashash sabía que Rab Zalman tenía razón. Se había cometido una gran injusticia. Ahora debía pensar la manera de rectificar la situación. Rab Shmuel pensó intensamente unos minutos y finalmente habló:
–Si hacemos que su hija y mi hijo se casen –el Rashash sonrió–, seríamos parientes y nadie dudaría de su honestidad y respetabilidad.
Rab Zalman estuvo de acuerdo y arreglaron para que sus hijos se conocieran. El hijo del sastre y la hija de Rashash se entendieron y pronto se llevó a cabo la boda.
“Muchos son los pensamientos del hombre pero la voluntad de D-os es la que se impone”
Yehudá huyó de su responsabilidad, prefirió apartarse de sus hermanos y su padre. Pero la reprimenda lo estaba esperando donde menos se lo imaginaba.
Las palabras que cínicamente él y sus hermanos dijeron a su padre: ‘Te rogamos la reconozcas’ se las repitió Tamar: ‘Te ruego reconozcas’. Yehudá entendió el mensaje y por este motivo dijo: ‘es más justa que yo’.
Ella no mencionó de quién eran esos objetos, Yehudá pudiera haber salvado su honor no reconociéndolos, pero inmediatamente se dio cuenta de su antiguo error, ¿otra vez iba a engañar?, ¿otra vez iba a hacer sufrir a un inocente?, esta vez aprendió la lección. Ella le hizo reconocer su error, pero este error también le recordó el primero.
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