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Tishá BeAv En unos días más conmemoraremos el 9 de Av donde recordamos la destrucción de los dos Templos de Jerusalén y el exilio y la disgregación de nuestro pueblo. El Segundo Templo fue destruido por los romanos en el año 68 de la era común y hasta hoy en día permanece destruido. Nuestros Sabios en el Tratado de Yomá (9:a) explican que el Templo fue destruido por “odio gratuito”, cuando, por error, un hombre invitó a su fiesta a su enemigo Bar Kamtza en lugar de su amigo Kamtza. Al verlo en su fiesta lo avergonzó públicamente echándolo de ella. Este Bar Kamtza acusó a sus hermanos judíos de haberse rebelado contra Roma y esto causó la masacre de cientos de miles de judíos, la destrucción del Templo y el exilio de Israel. ¿Acaso existe odio gratuito?
Aparentemente en la mayoría de los casos hay razones para odiar al prójimo. Incluso en el caso Kamtza y Bar Kamtza, ¿acaso no había una razón para que Bar Kamtza odiara al dueño de la fiesta que lo avergonzó públicamente? ¿Por qué entonces el Talmud trae una anécdota que parece contradecir la razón del odio gratuito por la cual se destruyó el Templo?
La Torá nos ordena claramente, “No odiarás a tu prójimo en tu corazón” (Vaykrá 19:17).
Si hubiera un odio justificado ¿acaso no debería la Torá distinguir entre ellos y ordenarnos la prohibición del odio gratuito y la tolerancia al odio justificado? Un día, cuando los empleados llegaron a trabajar, encontraron en la recepción un enorme letrero en el que estaba escrito: "Ayer falleció la persona que impedía el crecimiento de usted en esta empresa. Está invitado al velatorio en el área de deportes". Al comienzo, todos se entristecieron por la muerte de uno de sus compañeros, pero después comenzaron a sentir curiosidad por saber quién era el que estaba impidiendo el crecimiento de sus compañeros y la empresa. La agitación en el área deportiva era tan grande que fue necesario llamar a los de seguridad para organizar la fila en el velatorio.
Conforme las personas iban acercándose al ataúd, la excitación aumentaba: ¿Quién será que estaba impidiendo mi progreso? ¡Qué bueno que el infeliz murió! Uno a uno, los empleados agitados se aproximaban al ataúd, miraban al difunto y tragaban seco. Se quedaban unos minutos en el más absoluto silencio, como si les hubieran tocado lo más profundo del alma. Pues bien, en el fondo del ataúd había un espejo, cada uno se veía a sí mismo. Permítanme decirlo: No existe “odio justificado” aceptable, ya que cualquier odio, provenga de donde provenga, es injustificado. Ese odio no conduce a nada, el daño no se lo hacemos a la persona odiada (pudiera pasar todavía su vida sin saber ni siquiera que uno la odia), el daño nos lo provocamos a nosotros mismos, por lo tanto el odio es a uno mismo. Nos refugiamos en el odio al no poder seguir adelante después de haber sido dañados, engañados, manipulados o agraviados por un semejante, incluso habiendo logrado mostrarle su error o castigar su acto. Muchas víctimas de robo con violencia, asesinatos de familiares o desgracias graves no logran salir a la vida a pesar de que el victimario está tras las rejas. Ellos nos dañaron con sus actos y nosotros nos condenamos a sufrir de por vida. Para poder salir adelante y crecer debemos tener la humildad de perdonarnos, antes que nada, a nosotros mismos. Esto implica permitirnos entender que nos hemos equivocado al convertir a nuestro agresor en el causal de una eterna desgracia. Cuando una persona odia al prójimo bloquea su capacidad de ser libre para continuar el camino y salir de la sombra de la desgracia autoimpuesta.
Generalmente esto se agrava cuando somos impotentes ante la agresión y no podemos lograr nuestra propia falsa catarsis o redención negativa a través de exponer al otro a su error y lograr su castigo, entonces nos refugiamos en el odio, que como explicábamos, sólo a nosotros nos perjudica. En este sentido dicen nuestro Sabios que es “odio gratuito”, gratis de beneficio, no hay ningún beneficio para el odio.
Bar Kamtza, ante la impotencia, pudiera haberse perdonado a sí mismo, evitando el odio y siguiendo hacia la vida, pero el odio no se sació hasta que no encontró su propia expresión a través de la venganza destructiva. Por este odio gratuito, el Templo fue destruido. Este es el mejor ejemplo para mostrar en un caso extremo una reacción de odio destructivo extremo.
Cuando nos encontramos en estas fechas es menester hacer el esfuerzo de humildemente reconocer, no en el prójimo, sino en nosotros mismos el odio que nos limita, que nos recluye y quitarlo.
Quizá no podamos cambiar a los demás, quizá no podamos redimirnos viendo al prójimo víctima de sus fechorías, pero posiblemente habremos dado un paso gigante para quitar el odio gratuito, si todos hiciéramos este sano ejercicio, habría menos lugar para el mal en el mundo SHABAT SHALOM Rabino Ilán A. Rubinstein
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