Parashat Behaalotejá
“Miriam y Aarón comenzaron a criticar a Moshé por haberse separado de su esposa, que era una hermosa mujer y dijeron: “¿Acaso sólo con Moshé habló Hashem? ¿Acaso no habló también con nosotros? Y Hashem los oyó. El hombre Moshé era sumamente modesto, más que cualquier hombre sobre la faz de la tierra”. (Bamidvar 12:1,2)
Las discusiones entre hermanos suelen ser frecuentes cuando son niños y muchas veces siguen a pesar de ser adultos.
Pero Moshé, Aharón y Miriam eran un ejemplo de armonía. En el largo trayecto del desierto, antes de entrar a la tierra de Israel, ocurre el primer entredicho entre los hermanos. Miriam, quien fue para Moshé más que una hermana, siente que Moshé no ha actuado bien con su esposa Tzipora. Desde que subió al monte de Sinaí ya no es el mismo de antes. Vive dedicado a su labor de guía del pueblo y ha dejado a su mujer. Miriam defiende a su cuñada y critica a Moshé. No sólo Moshé es profeta, ella y Aharón también lo son, sin embargo no se han separado de la vida mundana. Moshé, en su humildad, reacciona distinto a lo que cualquiera de nosotros hubiera hecho para salvar su honor. Moshé no habla. Este Moshé no era como cualquier profeta. Él, a partir de que subió al monte de Sinaí, se convirtió en un individuo netamente espiritual, algo parecido a un ángel encarnado en un cuerpo. Este Moshé había superado ya las necesidades y carencias humanas que nos llevan a invertir nuestro precioso tiempo en las cuestiones mundanas. Moshé era un hombre de otra dimensión, pero Miriam parece no haberse dado cuenta y D-os castiga a Miriam con lepra y el mismo agraviado es quien implora a D-os por su curación. Habiendo tantas oportunidades para hacernos saber que Moshé era el más humilde de todos los hombres ¿Por qué justamente aquí la Torá nos lo destaca?
Hace muchos años, un sargento de batallón increpaba duramente a unos cuantos soldados que no podían sacar un coche atascado en el barro. En ese momento pasaba por allí un hombre alto y flacucho. Viendo la situación le preguntó al sargento por qué no les ayudaba.
- ¿Por qué he de hacerlo? Soy el sargento - contestó éste con altanería.
- Pero ya que tuvo el tupé y la soberbia de meterse, ¡Hágalo usted! Sin pérdida de tiempo el hombre alto y flacucho se despojó de su chaqueta y se puso a ayudar a los soldados a sacar el coche del sucio y renegrido barro. Cuando se terminó la tarea, se lavó las manos, se puso la chaqueta y caminó hacia el sargento. - Si en otra ocasión usted necesitara mi ayuda, llámeme - le dijo. - ¿Y quién es usted? - le preguntó el sargento. - Yo soy Abraham Lincoln, el presidente de la nación.
Rab Abraham Shmuel Biniamin Sofer (1815-1872) en su libro Ktav Sofer explica que la verdadera humildad se reconoce cuando lo acusan a uno de jactancioso o engreído y a pesar de esa ofensa no reacciona mal y permanece callado. Miriam le cuestionó a Moshé por qué abandonó a su mujer, como si el hecho de que D-os habló con él ya le diera la autoridad para hacerlo; también con Miriam habló D-os y ella no se separó de su esposo. Moshé fue acusado de soberbio y no reaccionó, este es el momento propició para indicar a que se debió esta actitud de Moshé, una humildad verdadera. Es difícil llegar a estos niveles y refrenar el instinto cuando nos hieren injustamente nuestro ego, pero si trabajamos en nuestra autoestima, quizá nos demos cuenta que en estos casos debemos ver al ofensor desde arriba, entendiendo que él está mal y tiene un problema, su opinión no cambia en nada lo que somos. Así lograremos mantener la paz interior y por qué no la exterior también.
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