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Parashat Emor “Y le dijo el Eterno a Moisés: ‘Diles a los cohanim, los hijos de Aharón, que ninguno de ellos se impurificará con los muertos entre su gente, salvo por los parientes cercanos: su madre, su padre, su hijo, su hija y su hermano…” (Vaykrá 21:1,2) Los cohanim son la casta superior del pueblo de Israel, por ser quienes servían en el Templo de Yerushalaim.
Su investidura no les permite impurificarse entrando en contacto con un cadáver, ya que en el Templo sólo podían entrar y servir estando puros. Sin embargo hay excepciones por las cuales los cohanim pueden y es más, deben asistir al funeral de seis parientes cercanos, lo que automáticamente los lleva a un estado de impureza. También por ordenanza rabínica tiene obligación de impurificarse por su esposa. Maimónides (Rabí Moshé Ben Maimón, España, 1135-1205) explica que dentro de este precepto se encuentra incluido el precepto de enlutarse por estos parientes, no sólo para los cohanim sino para todo el pueblo de Israel.
Cabe preguntarse por qué la Torá nos obliga a enlutarnos, acaso esto no depende de nuestros sentimientos. Hay dos peligros que asechan al hombre en situaciones como éstas: 1) Que por su religiosidad y espiritualidad quizá considere mejor seguir con su ritual que impurificarse y enlutarse por su muerto. 2) Que no sienta en absoluto la necesidad de enlutarse ya que al fin y al cabo la muerte es algo natural. La Torá quiere enseñarnos que ninguna de estas dos posturas es correcta ni humana, debemos aprender a ser personas sensibles a nuestros seres queridos. Si bien la muerte es algo natural, también los sentimientos por la pérdida de una vida tienen que ser naturales y se les debe tomar en cuenta, no se los puede reprimir o ignorar. Ni siquiera el apego a D-os justifica la desestimación de la pérdida de la vida humana. En un mundo cada vez menos humano la Torá nos educa a no perder nuestra esencia. SHABAT SHALOM Rabino Ilán A. Rubinstein
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